martes, 5 de febrero de 2008

Intrusos

Ella nos espía. Y sabe que yo sé que nos espía. Nos ve y se ríe. Se ríe de mí. De mi pequeñez. De mi insignificancia. Es suyo. Lo sé. Y ella, que es tan poderosa que no necesita nombre de pila, también lo sabe. Está presente en cada pensamiento. En cada imagen. En cada latido. Es protagonista de cada recuerdo. Vive en sus ojos. Su figura, indeleble. Insuperable. Sé que estoy usufructuando un bien que no me pertenece. Que quizás nunca formará parte de mi patrimonio. Sé que en cualquier momento recibo la intimación. Y que será el fin. Ella se reirá a carcajadas: hasta acá llegó tu ventaja, tu suerte de principiante. Ignota. Usurpadora. Lo sé. Es el fin. Porque soy todo eso y más. Soy un ocupa en su vida. Paseo como un fantasma en patines por una casa que no refleja mis gustos: no hay nada de mí en esas paredes. No hay rastros de mis visitas. Ni de mí. No hay rastros. El se encarga muy bien de deshacerse de cada evidencia: monta escenografías de soledad. Sabe que ella habita con nosotros, que nos espía, y que cualquier descuido podría incriminarlo. Por momentos soy condescendiente. Asumo mi condición de intrusa y limito mis movimientos. Me vuelvo invisible. Me hago la distraída. No revuelvo papeles: me da miedo abrir un cajón y encontrar su letra viva en alguna agenda vieja. O un almanaque con la misma fecha redondeada todos los meses. O un libro con una dedicatoria suya. No. Él no es el cobarde. Soy yo. La cobarde soy yo.

No hay comentarios: