lunes, 25 de febrero de 2008

Persona no grata


En ese lugar no hay nada que perdure. P lo sabe. La despensa de la esquina que descubrió al llegar, hace algunos meses, hoy amaneció cerrada. No hay ningún cartel en la puerta. Ningún aviso. Cerrados los postigos. La despensa, cerrada. Las calles, a veces tienen nombre, a veces número, a veces nada. La flechas que indican su dirección, ausentes. La guía de teléfono no siempre llega hasta la Z. Depende el día. Por ejemplo: hoy, el último apellido que figura es Varena. Ayer era Menéndez. Y así. En la radio donde hoy se escucha sólo tango, mañana merengue y pasado chamamé. Tampoco existen los pronósticos: a todos los sorprende la lluvia. El calor. La humedad. El malestar. Sucede. Sus habitantes viven del trueque: cambian desconcierto por desconcierto. A medida que P avanza por la ruta y observa por el espejo retrovisor cómo las líneas del centro se van desdibujando, inmediatamente después de que ella las pisa, hasta hacerse invisibles, siente unas ganas irrefrenables de regresar. De volverse, ella también, invisible. De no dejar huellas. Regresar. Pare: desvío. Es cuando recuerda la última charla (aunque por el silencio de G, lo más correcto, tal vez, sería decir el último monólogo) en la que P, habló y dijo algo sobre una carta. Sobre su necesidad de aclarar la situación. Lo que respondió, lo único que dijo G es: cualquier decisión que tomes va a estar bien. Esa respuesta, P lo sabe, no es cualquier decisión que tomes va a estar bien, sino me da lo mismo que te quedes o no, no quiero tener ningún grado de responsabilidad en tu decisión, no hay nada que quiera y no pueda decirte para retenerte, no sé si quiero ser tu compañero frecuente en este viaje. Es, al menos, todo eso. Y hay algo más, piensa: ya no son dos voces internas que alternan tonos, matices y opiniones, no son conjeturas ni construcciones mentales. El horizonte se hace cada vez más visible, más cercano. Es cuando comienza a ver las señales que aparecen, fugaces, a los costados: peligro, máxima 40, no avanzar, cruce de caminos. El pavimento, los espejismos. Una bifurcación. Este u oeste. Derecha o izquierda. Acaricia el freno. Disminuye la velocidad. Se detiene. A cero. Piensa. Cualquier decisión que tomes va a estar bien. Sabe que cada camino tiene diferentes paisajes, obstáculos, peajes. Diferentes costos y riesgos. Uno es más sinuoso que el otro. En algo coinciden: ninguno ofrece seguro al viajero. El ambiente se enrarece. Se empañan los vidrios. P, ensordecida. No sabe cómo llego hasta ahí pero no le interesa demasiado. Quiere salir. Mejor dicho, seguir adelante. Aunque pensándolo bien, tal vez no sea momento de agarrar ruta, en esta época, comentan, el tiempo no es el más feliz, sí, mejor quedate acá, postergalo, P, hacelo más adelante, cuando tengas más certezas ahorradas, cuando sepas qué incluir en cada valija. Cuando hayas conseguido algún mapa. Ahora mejor no. De viajes y rutas nuevas ni hablar. Para qué. Si te apuras, podes caer en uno de ripio. Y de ahí, creeme, es difícil salir. Sí, mejor, mejor. Algunos meses más en la ciudad de la incertidumbre no pueden caerme tan mal. Mira por el espejo retrovisor. Da la vuelta en u. Retoma. Hace algunos kilómetros. Carga nafta. No presta atención a los carteles. Conoce el camino de regreso.

2 comentarios:

Siesta escandalosa dijo...

Próxima estación: Calabazas (ahí, a medianoche, los ratones se convierten en choferes y las desolaciones se visten de mariachis, se emborrachan con Stella Artois y a última hora se les da por instalar un parque de diversiones). Te acompaño.

Lyon dijo...

Así que tenés blog. Así que Perla. Así que sí, que sí que sí. Bueno, un saludo che, ahora te voy a leer (sí, hice el camino inverso, primero comenté, después leeré, ¿y qué?).
Beso!